lunes, 30 de julio de 2007

Sorpresa(s) de cumpleaños

Hoy cumplo 36 años. Y es habitual en mí, como cuando llega fin de año, hacer un recorrido por la película de mi vida, por las cosas que me sucedieron y que han hecho de mí lo que ahora soy. Desde aquel invierno del 71, en el que saque la cabeza para ver qué había más allá de la placenta de mi madre, mi vida ha sufrido cambios bastante bruscos. Algunas fueron decisiones propias y las otras las tuve que, sin más remedio, aceptar.

En estos 36 julios he cometido excesos, he mentido y he dicho la verdad, he sido fiel e infiel, he buscado caminos correctos e incorrectos, he salido con chicas menores de edad y mayores que yo, he tropezado con las mismas piedras más de una vez, he practicado la monogamia y la bigamia, me casé y me divorcié, tuve una hermosa hija, he dicho palabras de más y, algunas veces, de menos. Me hice de la U y, en Argentina, de Boca (cómo extraño La Bombonera en un domingo de fiesta). Ah! ... y jamás he deseado a la mujer del prójimo, excepto los lunes, los viernes de lluvia y algún que otro verano.

Hoy, como cada 30 de julio, abundaron los saludos por teléfono y MSN, los mails y mensajes de texto, las tarjetas virtules, abrazos y besos. Hubieron saludos esperados y de los otros. Algunos antes de la fecha, algunos que traspasaron fronteras, algunas llamadas a las 12, otras al amanecer y, los tardones, se manifestaron casi a la medianoche.

Pero lo que más me llamó la atención fue la llamada de mi ex esposa. Es raro, y en esa rareza encuentro una satisfacción enorme el saber que, a pesar de la distancia y la separación (ella es argentina y sigue viviendo en Buenos Aires), hay un cariño enorme que se conserva sin la necesidad de dosis de formol. Ya separados encontramos ese equilibrio al dialogar que tanto buscamos cuando casados pero, por distintos motivos y motivaciones, no encontramos. No es la primera vez que me llama por mi cumple, ya lo había hecho antes pero, esta vez, fue la más sorpresiva de todas. Y puede ser que la razón haya sido que no la esperaba. No sé por qué, tal vez porque no me hubiera parecido raro que no me llame y cumpla con otro método válido como lo es mandar un mail o algo así. Y si después de leer esto, creen que sigo enamorado de ella, se equivocan. Perdí una esposa pero gané una muy buena amiga. Y lo valoro de una manera inimaginable porque en el transcurso de mi vida he sido testigo de las atrocidades que dicen y hacen los ex esposos con tal de dañarse mutuamente, de los insultos que se perpetran porque no terminan de asumir una separación ya consumada. Ojo, a Mariló y a mí nos costó llegar a esta situación pues nuestra separación no fue con guantes blancos. Tuvimos nuestras discusiones, nuestros encuentros pero apenas pasado unos pocos meses asumimos la responsabilidad de una manera que hasta el día de hoy me asombra.

Por eso me alegra poder quedarme con los buenos recuerdos que se activan cada vez que me comunico con ella. Imposible deletear de mi disco duro nuestros viajes a Lima (cosa que mucho no le gustaba porque esta ciudad no es de su agrado), nuestra clandestina Semana Santa en Punta Hermosa, cuando me quiso acompañar a ver a los Rolling Stones y no pude despojarse de una tos que le duró cerca de cuatro meses, el concierto de Fito en el Grand Rex cuando, desde la fila 4, ella entonaba sus canciones con una emotividad propia de una quinceañera, el concierto de Calamaro en el Luna Park, los fines de semana en la quinta de sus viejos (ellos merecen un post aparte, lo prometo) y diversas vivencias que nos tocaron pasar hasta que decidimos canjear lo poco que quedaba de nuestro matrimonio por una gran amistad.

Y es por eso que, hoy, brindo a tu salud y con agua mineral para que podamos cumplir muchos más años (de amistad).

P.D.: Gracias a todos los que me hicieron llegar sus saludos... y los que no, hay revancha el próximo año.

sábado, 28 de julio de 2007

Pequeñas infidencias pre matrimoniales

Hoy 28 de julio, justo en el momento en el que Alan García está dando su discurso, me siento frente a la computadora, como ya lo había planificado el día de ayer, para expresar las emociones y los recuerdos a raíz del matrimonio de uno de mis mejores amigos: Kike Valverde.
Es una pena que por la distancia, mi amigo y compadre se casa en Miami, no pueda estar presente el día de hoy en tan magno evento. Pero ese no es motivo para dejar de pensar en todas las experiencias que tuvo que pasar para, por fin, llegar al altar.

El decidir casarse es la culminación de un recorrido y, a la vez, el inicio de uno nuevo. Por qué, me pregunto, uno decide casarse con una mujer luego de tantas experiencias con otras? Por qué cuando alguien te dice que quiere que seas el padre de sus hijos la miras con desconfianza? Por qué cuando dices que quieres ser el padre de sus hijos no te creen? Por qué uno se equivoca mucho más veces a la hora de elegir pareja que en otras áreas de su vida? Por qué, habiéndose equivocado varias veces, vas detrás de un nuevo intento? Son preguntas que me vienen, cual catarata, cuando un ser cercano decide dar el "sí". Yo lo di una vez, una sola... Y durante mucho tiempo me pregunté si haber respondido afirmativamente había sido lo correcto. La respuesta la encontré 3 años después cuando fuimos a canjear, a un juzgado, ese "sí" por un "no" mucho más rotundo y altisonante.

Y hoy, además de las interrogantes que me hago acerca de mi vida, me vienen algunas para hacérselas a mi compadre. No pienso cagarle el matri ni mucho menos, es simplemente tratar de entender los motivos de una decisión que alguna vez sentí muy lejana y que, con cierta irresponsabilidad, tomé. No es que quiera hacerle un cuestionario público... para nada, pero sí me encantaría ser parte de las neuronas que le quedan y que han hecho que decida, casi de improviso, vestirse de gala, caminar al altar, tomar de la mano a la paisana de Ronaldinho y darle el "sí".

A Kike lo conozco hace poco más de 23 años. La primera vez que lo vi fue depositando sus ojazos en las caderas de una de mis primas y yo, cual vengador anónimo, hacía los mismo con sus hermanas mayores. Entre miradas esquivas fuimos haciéndonos patas, hermanos y luego, cuando nació mi hija, compadres. El tenía en ese momento 17 años, yo 13. El terminaba el colegio y yo empezaba la secundaria. El tenía sexo, yo era onanista a tiempo completo. El, hermanas; yo, hermanos. El, Claretiano; yo, Santa María.

Se fue hace más de 10 años a Miami y a pesar de la distancia sigue siendo mi amigo. Lo quiero, lo extraño. Es difícil olvidar aquellas épocas en las que, cual kamikase, alguno de los dos se sacrificaba con tal de darle el gusto al otro cuando aparecía una chica linda acompañada de otra no tan agraciada. Recuerdo mucho las veces que me iba a buscar a casa y, con algún pretexto tonto, me hacía salir. Dábamos la vuelta a la esquina y ahí, con sonrisas tímidas, esperaban la chica que le gustaba con su inseparable amiga que no era, obviamente, de mi gusto. Pero así somos los amigos, a veces hay que regalar algunos besos al peor postor con tal de ayudar a quien lo necesita.

Hoy te casas, compadre... y por segunda vez! Espero que sea la última. Tomas la delantera. Vamos dos a uno. Pero no cantes victoria. No te olvides que algunas finales se definieron en los últimos minutos... y a balón parado!

Felicidades!!!!

jueves, 26 de julio de 2007

Debut (y, espero, despedida)

Amigos y enemigos: Este primer ingreso lo escribí el sábado 21 de julio.

Es difícil presentarse cuando se tienen que dar más datos de uno mismo que el nombre. Y digo esto porque uno se puede ver de una manera pero los demás terrestres pueden tener, con o sin motivos, una imagen completamente distinta y lejana de lo que uno es realmente. Prefiero contar experiencias, anécdotas, historias, amores, desamores, alegrías... la vida misma.

Soy fotógrafo luego de intentar en algunas aulas bonaerenses torcerle la nariz al destino. Pensé que estudiar administración de empresas era la carrera que me calzaba perfectamente hasta que me di cuenta que era preferible hacerle caso a la vocación antes que a alguna intención mercantilista. Me dejé llevar por las imágenes y no por las estadísticas, por una cámara antes que por un escritorio. Después de algún titubeo innecesario, en el que quise desarrollar las actividades universitarias en simultáneo con mis pininos fotográficos, largué las separatas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) para caer, tras un fuerte ventarrón, en un instituto de fotografía en el centro de la capital argentina.

Les puedo contar, además, que vivo por Magdalena... pero no muero por Susana. Sino, por Glammy, mi hija. Una hermosa e hiperactiva adolescente de 17 años que llegó a mi vida cuando nadaba en la orilla de mis irresponsables y desbocados 18 años. Llegó sin avisar, sin pedir permiso (tal como a veces sale hoy en día), casi en silencio (su primer llanto fue casi 12 horas después de nacida) un 7 de octubre de 1989.
Ser padre es una experiencia alucinante. Unica. No solo pasa por las labores diarias sino por los cambios de hábito y de conducta que fui experimentando a medida que empezaba la convivencia con el nuevo, y esperado, miembro de la familia. Mis mañanas ya no fueron las mismas, cambió la rutina. Si antes me quedaba en la cama hasta que sea la hora de levantarme, iba al baño o a la cocina para hojear las (malas) noticias esas actividades pasaron a estar precedidas por una visita al dormitorio de la nena. También experimenté cierta rapidez en las caminatas de regreso, las llamadas a casa se hacen más frecuentes, se siente un revoloteo de mariposas en la panza (si, señores... el amor de un padre a un hijo también tiene esas reacciones) y mil cosas más. Su sonrisa pasó a ser el pan con dulce de mis mañanas, tardé en nombrar ese amor que hasta ahora me desarma y lo único que me importaba, al igual que ahora, era llegar a viejo.
Hoy, arañando ella sus 18 años y a punto de iniciar su vida universitaria, disfruto y sufro su adolescencia como una insolencia que disfruta volviéndome loco.

Por qué quise escribir mi primer blog acerca de ella? Porque es lo mejor que me pasó en la vida. Porque hoy me sentí indefenso cuando nos despedimos y la dejé en la puerta de la sala de operaciones para que un desconocido, con cara de muchos amigos, la interviniera quirúrgicamente. Sí, hoy tuvo su debút (y, espero, despedida) en esos menesteres. La causa? Nada grave, un benigno y pequeño quiste en uno de sus senos.
Una cosa sencilla pero cuando se trata de hijos, las cosas sencillas no existen. No creen?