Los testimonios, al menos para mí, son mucho más desgarradores que las imágenes de la tragedia que me han mostrado los canales de televisión y los diarios a pocas horas de sucedido el siniestro. Testimonios que muchos de los pobladores de las ciudades afectadas no han tenido reparo en dar a conocer, seguramente, con la esperanza de obtener la ayuda necesaria para empezar a salir del hoyo en el que el terremoto los ha metido.
Hasta ayer en la tarde todo eran noticias informativas, puras estadísticas, números tan fríos como la propia muerte. Pero al llegar la noche, y con ella las emisiones de los programas dominicales, pude apreciar los testimonios que hago mención. Y me sentí mal, desgraciado. Me sentí parte de esa población limeña que piensa que como no sucedió en nuestra ciudad no nos interesa. Me sentí desangelado al estar apreciando esas experiencias en la tranquilidad de mi hogar, con una coca cola en la mano, pensando en recuperar el sueño perdido por una noche larga en las calles miraflorinas mientras en la pantalla de mi televisor un hombre, proveniente de Ayacucho, contaba que pasó la noche sentado al frente de un hotel semidestruído porque sabía que su hijo estaba ahí, en medio esas paredes rajadas que, hasta el momento del terremoto, le sirvieron de alojamiento.
Los limeños, me incluyo y espero que no todos, tenemos esa indiferencia a flor de piel. Hasta que las desgracias no nos tocan la puerta, no las hacemos nuestras. Recuerdo cuando, en la nesfasta época del terrorismo, se sucedían los atentados y solo se informaban de ellos de una manera lejana, ajena. Pero cuando el caso Tarata remeció la vida de los limeños recién ahí nos dimos cuenta de la magnitud del asunto, que había algo por hacer, de lo vulnerables que somos.
Creamos más en los simulacros, que no sean tomados a la ligera. Seamos concientes, y creemos conciencia, que vivimos en una zona altamente sísmica y que, de alguna manera, algo de preparación es bueno tener para este tipo de situaciones. Podemos salvar vidas.
No pensaba escribir sobre este tema pero anoche, mientras veía las imágenes, cambié de opinión. Para mí, y para los que están a algunos kilómetros de distancia de los que llevaron la peor parte, la tragedia ya no nos es tan ajena. Desde que la muerte decide instalarse tan cerca a nosotros hay que abrir más los ojos y empezar mirarla con desconfianza pues suele jugar sucio y, lo peor de todo, no sabe perder.
2 comentarios:
De contemplar toda esa tragedia en los distintos medios de comunicación, sólo una idea repercute en mi mente: la vida es un soplo y es por ello que hay que vivirla intensamente cada día como si fuera el último.
Tus recuerdos y analogias con la indiferencia limeña en la epoca de violencia me hicieron recordar que he abandonado mi tesis(ese es el tema). Hablando de egoismos...
Vamos bien con los post, eh?
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